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Por
Antonio Pozuelos Jiménez de Cisneros
Como
les contaba un día, el
territorio es una extensión de terreno, más o menos
grande, donde el animal habita y resuelve las
funciones de supervivencia y reproducción. Es por
ello que para las especies marcadamente
territoriales como la del perro, este espacio tenga
tanto valor como para dejarse matar defendiéndolo
sobre todo, si el defensor es un ejemplar puramente
Alfa.
Un mal
día hace muy poco tiempo, el ejemplar Alfa de mi
manada canina, el macho semental de Pácemvis, mi
amigo, dejó de guardar el territorio por la única
razón que yo hubiese entendido, su muerte súbita.
Roco ha muerto con las botas puestas, gruñendo a
otro congénere que se acercó, en medio de un
espantoso infarto, entre mis brazos y los de mi
mujer y con los cuidados de su amigo “el que cura”.
Les
hablo del territorio porque Roco ha sido un perro
más en casi toda su humilde vida pero se distinguía
en su labor de guardián. En sus casi 14 años de
vida, tres veces fue asaltada mi casa por los amigos
de lo ajeno y tres veces fueron detenidos gracias a
él. Las tres veces mordió pero nunca se ensañó, solo
”avisó” y vigiló hasta nuestra llegada. Era un buen
perro.
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Roco
en familia
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La
angustia provocada por esta dolorosa ausencia
territorial, se suaviza cuando recuerdo con cariño
aquellos agradables días del verano de 1992 en los
que yo enseñaba a un inocente cachorro que todo el
mundo no es bueno, que no todos los humanos, por el
hecho de pertenecer a la especie elegida, respetamos
la vida y hacienda de nuestros congéneres. Para este
fin utilicé a mi buen amigo Pepe, propietario de un
chalet cercano al mío. Se acercaba el hombre a la
valla de mi casa disfrazado de cualquier cosa menos
de ladrón. Utilizaba disfraces de sus hijos y
llegaba en su afán de ser un buen hombre malo, a
ponerse antifaces y gorros de presidiario. Muchas
veces los ensayos fueron suspendidos por los ataques
de risa que me producía su ingenio para inventar
apariencias más extravagantes que sospechosas.
El
caso es que mi buen cachorro se creía que aquel
individuo tan estrafalario era el paradigma de la
maldad humana aunque por las tardes Pepe, vestido de
hombre bueno, viniese a tomar una cerveza a mi casa
y en presencia del feroz guardián. Roco sospechaba
que Pepe y Quasimodo eran el mismo individuo porque
olían igual y se movían de la misma forma pero la
batalla que al día siguiente libraban en la valla,
era de lo más real.
Recuerdo con admiración el cariño que profesaba por
los niños chicos. Podría atacar en la valla hasta
reventar pero suspendería de inmediato las
hostilidades si el agresor fuese un niño. Se dejaba
martirizar por ellos, apalear, deslomar e incluso
montar pero, eso sí, cobrando siempre un preciado
tributo: la chupeta del torturador. ¡Cuantas se
comería a lo largo de sus treces años de vida! Tengo
presente todas las veces que he oído gritar a madres
en el parque horrorizadas de ver al perrazo comer
algo que salía de la cara del bebé. ¡Cuantos
disgustos por aquella manía de lamer la cara de los
niños, peinarlos a raya y comerse su chupeta!
Después de su adiestramiento en guardería vinieron
las especialidades deportivas, civiles, de
pacificador territorial y de márqueting. Participó
varias veces en concursos de belleza aunque solo lo
justo para obtener la calificación que le permitiera
criar. Era un perro guapo pero... ¡Muy perro!
El
adiestramiento de marqueting fue una disciplina que
“inventó“ él mismo y que yo impulsé con decisión. Yo
observaba que cuando un futuro comprador aparecía en
mi casa para adquirir algún hijo de Roco, el perro
actuaba con la mejor escenificación de los actores
del siglo de oro.
Obedecía como nunca, me miraba la cara con una
fijeza que yo no conseguía en las sesiones de
adiestramiento y ponía una cara de listo digna de un
sabio de nuestra especie. Nunca entendí que pensaba
el tunante para obrar así. Quizás barruntaba que al
llevarse un cachorro de tres meses de la manada la
cantidad de pienso per cápita aumentaba de
inmediato.
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Roco
en su territorio
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Lo
cierto es que el bergante de Roco convencía a
algunos compradores de que sus hijos ya llevaban el
aprendizaje en los genes y que solo había que darles
pienso y dejarlos crecer para que actuaran como el
padre.
Corrió
gatos, asustó pájaros, revolcó a algún que otro
perro del vecindario, dejó medio coja a su maestra
Kika, hizo desaparecer a las tortugas de mi hijo,
montó hembras sin permiso, destrozó una puerta para
acceder a ellas, robó un pollo de pocos meses y se
comió hasta las plumas, hizo gritar al cartero y
revolcó al panadero cuando era aún un cachorrito y
meó mis árboles hasta que los secó. Me hizo una
detrás de otra pero fue un buen perro.
Fue un
buen perro en todo lo que mi familia le pidió. Mi
hija le exigía mucho cariño y él gustoso se
restregaba contra ella al más puro estilo felino. Mi
esposa le pedía compañía para ella y su perra y
nunca las abandonó sin una orden mía. Mi hijo lo
convertía en gladiador y aguantaba estoicamente los
mamporros y estocadas del romano de turno. Yo le
exigí amistad y la mantuvo hasta que expiró en mis
brazos. Fue un buen perro; el mejor de mis perros.
Alguna vez les he comentado que he perdido perros
tan valiosos como Wolf, Palomo, Truco, Edie, Sigfrid,
Tana, Terra o Kika pero quizás esta vez y con este
perro, me he implicado más, me he identificado en
mayor medida y ahora he sufrido su pérdida con más
intensidad. Cuando escribí su historia en el libro
“En los bancales del Sur”
expresaba la certeza que ambos teníamos en que,
algún día, yo lo llevaría al territorio de Siro,
donde corteja el macho de perdiz, en la solana del
Este; donde llevé a descansar a todos sus amigos.
Ese día ha llegado. Roco ha marchado al territorio
de Siro dejando en el mío una gran ausencia.
Ha
sido un perro más de los que el Hacedor creó, ni más
ni menos que el perro del lector pero ha sido mi
perro, un buen perro.
Él
cumplió con mis expectativas y con la ilusión que
puse en su cría. Espero, por mi bien, haber cumplido
como humano con lo que él necesitase de mí.
¡Adiós, viejo amigo!
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